En ambos sentidos. Entrenamientos, sueño, pulso, VFC y respiración.

Nunca te pide que la arranques.
Sin botón de sesión, sin recordatorio para ponértela, sin carga nocturna. Lee de forma continua desde que la abrochas, que es la única manera de construir una línea base que signifique algo.
Cárgala dos veces al mes.
Dos semanas de frecuencia cardíaca continua con una carga. Suficiente para dejar de pensar en la batería, que es de lo que se trata: una pulsera en el cargador no mide nada.
Dos formas de leer el mismo corazón.
La medición óptica funciona todo el día. Un segundo electrodo registra un ECG de una derivación cuando apoyas la yema del dedo. Registra, no diagnostica: si algo parece raro, la app te dice que veas a quien sí puede opinar.
Nada que mirar.
No hay pantalla, ni notificación, ni vibración en la muñeca a media serie. La pulsera es un sensor. La lectura, y el razonamiento detrás, van en una pantalla que ibas a mirar de todos modos.
Hecha para llevarse, no para guardarse.
Dos colores de hilo tejidos juntos en lugar de un tinte plano. Aguanta sudor y cloro sin decolorarse, seca plana en unos veinte minutos y no parece material de gimnasio en una cena.
Cada puntuación se abre.
Toca cualquier cifra y verás las lecturas que hay detrás, la línea base con la que se comparó cada una, cuánto pesó en la puntuación y qué le faltó al día. Ninguna otra pulsera te enseña sus cuentas.
Ella mide. La app explica.




